Mi experiencia en Japón con el programa Mirai

Experiencia internacional en Japón gracias al Programa Mirai.

Imaginad a un niño de cinco años diciéndole a sus padres que quería ir a Japón. Ahora imaginad a ese mismo niño quince años después sentado en un avión con destino a Tokio. La cara, sin duda, era absolutamente la misma. Iba a cumplir uno de los sueños de mi vida. Tal cual. Y el cómo es una de las cosas más interesantes, porque vosotros/as también podéis cumplirlo si soñáis lo mismo que yo.

Había podido tomar ese avión gracias a que había sido seleccionado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia de Cooperación Japonesa (JICE) para formar parte de las 40 personas de toda Europa que participasen en el Programa Mirai sobre Política Exterior y Seguridad de Japón.

Mirai significa “futuro” en japonés y busca acercar a jóvenes de todo el mundo a la realidad de la sociedad japonesa, su visión del mundo y su papel en el sistema internacional. En esta ocasión, el programa nos mostró todo esto en una semana en la que estuvimos tanto en Tokio como en Hiroshima. Cabe mencionar que el programa se encarga de cubrir todos los gastos del viaje, el alojamiento, la manutención y todo lo que os podáis imaginar.

El programa Mirai, una oportunidad de conocer Japón

Desde ya dar las gracias a todas a las personas involucradas en el proceso, desde el personal de la Embajada de Japón en España, al personal de JICE en Japón por haberme otorgado tan increíble oportunidad y por tan calurosa acogida, así como a mis compañeros/as de programa, especialmente a Paula y Alba, mis compañeras españolas, por tantos buenos momentos juntos aprendiendo sobre Japón.

Gracias a Mirai he descubierto un trocito del país que llaman “de los descubrimientos infinitos”, a lo que yo añadiría “de las contradicciones armoniosas” y ahora entenderéis por qué. En primer lugar, llama la atención la convivencia entre lo moderno y lo tradicional en la sociedad japonesa.

Nada más llegar a Tokio pude comprobar este contraste: rascacielos inmensos junto a pequeños templos sintoístas, grandes cadenas de restauración junto a los tradicionales bares de pinchos y sake, gente que acudía a ceremonias oficiales con kimonos tradicionales junto con gente que iba a la última con sus medias de gatitos y sus peinados de mil colores acabados en puntas…

Para los japoneses tradición y modernidad son dos caras de una misma moneda pues forman parte de su ethos como sociedad: beber del pasado para avanzar hacia el futuro.

En segundo lugar, me llamó poderosamente la atención la importancia de la religiosidad para gran parte de la sociedad. Las tendencias muestran que esta religiosidad está de capa caída en la actualidad, especialmente entre los más jóvenes, pero pude comprobar de primera mano cómo gran parte de los japoneses, aún trajeados y recién salidos de la oficina, acudían a los templos a orar, desear suerte o pedir salud.

El templo Sensoji de Tokio o el templo de la isla de Mijiyama en Hiroshima fueron vivos ejemplos de ello. No obstante, tampoco tienen problema en celebrar otras fiestas importadas, como es la Navidad. Así, a sus tradicionales carteles de neón había que sumarle miles de luces navideñas que decoraban toda la ciudad, tanto en Tokio como en Hiroshima.

En tercer lugar, al contrario de lo que podamos pensar, pasear por Tokio o por Hiroshima es de lo más agradable. En ningún momento sientes el agobio que podrías experimentar en otras grandes ciudades: las calles se encuentran siempre limpias (no tiran absolutamente nada al suelo, y eso que no hay apenas papeleras), el transporte público funciona a la perfección (aunque nos perdiésemos porque siempre nos equivocásemos de estación, todo sea dicho) y el orden es una ley no escrita (¿en qué país hacen cola de dos cuando se llenan los vagones y esperan pacientemente al próximo tren?). Pero no penséis que esta rectitud en cuanto al comportamiento en sociedad les impide ser cercanos en lo personal.

Si bien al principio los japoneses son reacios a abrirse con desconocidos, cuando pasan un rato con alguien los tratan como amigos de toda la vida, brindan contigo y hasta te invitan a pinchos de ternera con soja. Pude experimentar esta cercanía porque mi amiga Carmen, que se encuentra allí de intercambio, me llevó con ella a pasar una noche con todos sus amigos.

Como podréis ver, una de las cosas que me cautivaron fue la comida. La comida japonesa es muchísimo más diversa que la comida japonesa que conocemos y estamos acostumbrados a comer en nuestra ciudad.

El programa Mirai puso especial énfasis en mostrarnos en cada comida y cada cena algún plato diferente: el okonomiyaki, la sopa de miso, el ramen, las verduras y carnes en tempura o cocinadas al momento en soja hirviendo, el helado de té matcha o, como no, el arroz, que no puede faltar en ninguna comida. Los japoneses comen rápido y en casi cualquier lado debido a los exigentes horarios de trabajo, pero no por ello descuidan la calidad de la comida o la variedad de la misma.

comida japonesa

El pacifismo en Japón

Finalmente, me gustaría destacar algo que se ha convertido en un pilar fundamental de la sociedad y de la política exterior japonesa: el pacifismo. Entendí por qué los japoneses apuestan tan fuerte por el pacifismo a raíz del testimonio de Kiriake Chieju, superviviente de la bomba nuclear lanzada por EE.UU. sobre Hiroshima en 1945.

La señora Kiriake, de noventa años, nos contó cómo con quince años tuvo que sufrir el peor episodio de su vida tras haber vivido la guerra entre China y Japón durante toda su infancia. Aquel fatídico 6 de agosto de 1945 la señora Kiriake vio literalmente cómo sus familiares y compañeros morían derretidos, cómo sus vecinos se lanzaban desesperadamente al río, cómo su ciudad quedó absolutamente devastada. Tras un año sumida en una profunda depresión, consiguió recobrar la esperanza al escuchar la música de una violinista que había acudido a la ciudad a dar un concierto en honor de las víctimas.

La señora Kiriake Chieju dando su testimonio sobre la guerra
La señora Kiriake Chieju dando su testimonio sobre la guerra en Japón.

Ahora, desde hacía diez años y por prescripción médica, comenzó a contar su testimonio con un mensaje muy claro: “no a la guerra, no más Hiroshimas y Nagasakis”. Para ella y gran parte de la sociedad japonesa, las bombas fueron la consecuencia de que Japón entrase en la guerra porque, según esta, “cuando un país entra en guerra, las consecuencias pueden ser inconmensurables”.

Me sorprendió mucho que no guardara rencor a EE.UU. y que entendiese que tan salvaje acto fuese algo necesario para hacer caer en la cuenta al Imperio Japonés de que el dios Kamikaze no estaba de su lado, de que esa guerra estaba perdida. Sea como fuere, su mensaje me abrió los ojos y me hizo ver que tal horror y la consecuente doctrina Yoshida es la que seguía marcando la política exterior de Japón, a pesar del empuje de la nueva y ciertamente impopular doctrina Abe, que desea mejorar las capacidades de las “fuerzas de autodefensa” y modificar el artículo 9 de la Constitución que impide a Japón tener un ejército como tal.

Contar con una experiencia internacional como el programa Mirai

Todo esto y mucho más fue lo que hizo que en una semana me enamorase aún más de Japón. El programa Mirai ha hecho que Japón haya ganado un amigo más si cabe, que entiende más o menos sus contradicciones, sabe aceptarlas y sabe ser crítico cuando ha de serlo (por ejemplo: echo en falta más conciencia de género entre los japoneses).

Os animo a todos/as a aprovechar esta oportunidad que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón y JICE ponen a nuestra disposición para “dejar que la música de Japón siga sonando en Europa”.

Texto escrito por Jesús Mª de la Torre Cañadilla, estudiante de 3º del Grado en Relaciones Internacionales.

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